ALDEA LITERARIA
PAULA WINKLER

Rutinas

 

Daniel tiene una memoria envidiable y le gusta alardear con pruebas a las que la somete a diario: Kierkegaard y la ironía, la ironía y sus trampas.

Ella no se queda atrás (cuando Daniel no está), porque basta que él se le acerque para que ella tartamudee o se olvide, en fin, hasta de lo que enseña.

-          ¿Todavía no aprendiste que lo del saber operativo es palabra santa de Greimas?  – Daniel la desafía, antes de que pueda contestarle durante un asado de amigos.

Claro que es Greimas –querría contestarle-, pero mejor se calla, no vaya a ser que le demuestre que sabe lo mismo que él. Durante el asado de un colega de cátedra  nadie habla de Greimas (sólo Daniel).

Daniel necesita que todo esté en su lugar. Ella está en su lugar, aunque no sabe si a su marido le interese. Cuida del jardín y lustra los bronces. Para la cena, de vez en cuando, prepara callos a la madrileña, como a él le gustan. No importa a qué hora llegue, ni cuánto haya trabajado, en casa o en la universidad.

-          ¿Dejaste vencer el millaje? Y yo, que pensaba darte la sorpresa de irnos a Bahía – vuelve a atacar en el asado, y se queda mirándola con una sonrisa ancha y sardónica. Ella se calla nuevamente, preferible dejar que su torpeza, o mejor dicho, que su olvido se trasforme en el blanco de los sermones de Daniel. Es que a él le encanta contrariarla, y como acaba de hacerlo, va ahora adonde sus amigos para charlar satisfecho y como si nada.

No hay que alentar la furia de Daniel. Por eso, cuando él tira del pelo de ella, como si fuera a decapitarla y le lame el cuello para que abra las piernas y se le clava como la invasión bárbara, evita susurrar (a él nunca le gusta que susurre).

Aunque trata de evitar discusiones, no le es fácil, porque Daniel se fija hasta en la  canilla de la ducha que quedó sin lustrar y en las prímulas, que acaso no se regaron lo suficiente. Cada noche se avivan los mismos fantasmas. El ruido del ascensor y de las puertas que se abren es el tránsito forzoso a algo que parece irreparable, como la otra noche, cuando se enojó porque ella no lo recibió con un beso.

Aceptaron al fin la invitación al asado porque a Daniel le encanta disfrutar de la vida, acompañado de sus amigos y colegas. Kierkegaard y Greimas para él suenan distinto al aire libre. Un vacío jugoso y achuras al vino blanco. Si ella pudiera sobreponerse, demostrarle que no es mentecata, idiota, que hasta él se equivoca.

-  ¿Qué decís? – Daniel se le acerca y vuelve con el dardo, como si hubiera podido oír los pensamientos de su mujer.

-           No dije nada, ¿o sí? – le contesta, en voz baja para evitar escándalos-. Ahora de qué cosas me olvidé, decíme, Daniel – se anima. Él, después de recordarle el incidente de la falta del beso y, en fin, de reducir su cerebro al tamaño de una esponja con reproches, le da un pellizco fuerte en el brazo y regresa, tranquilo.

La mancha roja en el brazo de ella se hace cada vez más grande, como esas otras manchas que recuerda, resultado de pleitos anteriores.

Pero ella trata de secar algunas lágrimas que podrían desembocar en un llanto inoportuno. Lo hace con torpeza porque la ven, la miran. Así como está (o como es): obediente y silenciosa. No podrá aguantar más a Daniel, suficientes años ya de andar en medio de un infierno prestado.

Daniel le está dando la espalda. Y a ella le gustaría golpearlo, que cayera al suelo en su peso muerto. Se lo imagina en el césped. Todo llega a su fin. Baja la cabeza y fija sus ojos en ese césped, verde; húmedo, tal vez. Un césped que todos pisan y nos democratiza. Va a demostrarle que no es tonta,  no hay mal que dure cien años. Algo hará.

Daniel la llama, vení, no te quedés solita. Ahí voy - le contesta ella pensando en la golpiza. Y se une al grupo para comer el postre.     

Elkmer Diktonius. Helsinki
“Niño en luz de estrellas”

 

Hay un niño,
un niño recién nacido -
un sonrosado niño recién nacido.


Y el niño gime -
todos los niños lo hacen.
Y la madre pone el niño al pecho:
entonces se calla.
Así hacen todos los hijos del hombre.


Y el tejado no está demasiado bien ajustado -
no todos los tejados lo están.
Y la estrella mete
su nariz de plata a través de la grieta
y se posa en la cabeza del pequeño:
a las estrellas les gustan los niños.

 

Y la madre mira la estrella
y comprende -
todas las madres comprenden.
Y aprieta asustada al niño pequeño
contra su pecho -
pero el niño mama tranquilo a la luz de las estrellas:
todos los niños maman a la luz de las estrellas.
Aún no sabe nada de la cruz:
ningún niño lo sabe.-

 

De: “Muelle y nubes” (1934)-

Traducción: Pentti Saaritsa-Mona Moltke-Francisco Uriz-Kirsti Bagetthun