ALDEA LITERARIA
PAULA WINKLER

Novela en preparación

 

Sopló una brisa que al rato se hizo viento, y bajé la vista para que ninguna partícula extraña se metiera en mis ojos. Siempre he tenido la costumbre de resguardarlos de las inclemencias del tiempo, tanto más ahora cuando me encuentro enferma. Una larga hilera de casas, tal cual me lo habían anticipado, ocupó nuestras vistas. A la entrada de una de estas un niño jugaba en la tierra bajo la mirada tierna y expectante de una anciana que parecía ser su abuela. A la vera del camino, una colorida muestra de flores perfumaba nuestra visita. Nos dirigíamos a las colinas de Baiyun. Los lugareños las llaman “La primera cumbre en el sur del cielo”, y razón no les falta, pues llegas al mirador y te sientes en las nubes.

El anciano, que dijo llamarse Lin, me contó que cinco diosas vestidas con túnicas de diferentes colores habían fundado la ciudad, montadas en unas cabras que llevaban, cada una, una espiga de arroz en la boca. Esas espigas fueron entregadas a quienes gobernaban bajo condición de que fueran distribuidas entre todos sus habitantes. De allí en más ninguno padecería hambre, y así fue –dijo-. En Guangzhou se come todo lo que camina, excepto a la gente y los automóviles, por eso un plato nacional se prepara a base de gato – agregó-. Al llegar a destino cesó el viento, y la humedad se hizo sentir en mi cabellera. (Y tal vez aún más el saber que mi Holgazán pudiera haber terminado en un guiso en estas partes de China sin culpa alguna.)

El aire se impregnó enseguida de unas gruesas gotas a punto de estallar. Y mi asombro creció: por el paisaje y debido a la paciente sabiduría que desplegaba este hombre dispuesto a explicármelo todo. Awéi-lì-yà y Stuart se nos acercaron para subir juntos hasta el mirador. Un variopinto grupo de personas que hablaban en chino se nos unió. También algunos franceses y dos hombres regordetes y fornidos que parecían hablar en alemán.

Toso y me fatigo. Me cuesta caminar en medio de esta atmósfera pesada de calor. El cielo se cierra como si no quisiera traernos la lluvia, pero, de inmediato, algunos rayos exhiben la rabia que anuncia la consabida tormenta. Aparecen unos guías, cada uno con su paraguas gigante para protegernos a los visitantes, y antes de que yo comience a temblar, Lin se aferra a uno de mis brazos como demostrándome que siempre se puede andar peor.

Mi teléfono dio la señal de mensaje. Desde que había arribado a China no me acordé de que existiera. Tal vez en alguna de mis típicas torpezas yo lo había encendido sin darme cuenta. Cuestión que, aferrado Lin a mí (o más bien yo a él), maniobré con el otro brazo de modo de hacerme del aparatito para averiguar quién era el emisor de aquel mensaje. Carla avisaba que Holgazán come y  se echa unas largas siestas. Por eso, lo primero que hace al entrar a mi casa es abrirle las ventanas para enseñarle dónde se desarrolla la vida. Vaya, qué modo peculiar de domesticar a un gato domesticado. ¡Tiene que ser argentina, my God! Lin me oye y pregunta: le doy algunos detalles de Holgazán y de Carla. – El gato no le pertenece a usted ni a nadie, verá cómo sale a recorrer. Pero va a regresar, siempre se vuelve adonde iremos a morir. – Pues yo no lo haré – le contesto -. Y él se queda mirándome como si me hubiera leído una mentira. (Yo me encontraba mintiendo, en efecto.)

El mirador no me pareció un mirador cualquiera, no sólo por la altura que habíamos alcanzado y debido a la sensación de que parecía poder tocarse las nubes con las yemas de los dedos sino porque ni bien llegamos, se hizo un largo silencio entre todos nosotros. Nadie tomó la fotografía de estilo, como si la naturaleza nos hubiera instruido en tal sentido a los visitantes y a los guías. Ese extremo respeto para con lo que mi Lord había creado me hizo pensar, algún tiempo después, que todo lo había soñado, incluso el encontrarme en  Baiyun con el viejo, Stuart y su novia.

Regresamos al andén con el cansancio de esos turistas que se aventuran, aun en vacaciones, a la vida misma. Vivir es sortear problemas – decía mi padre-, ser feliz apenas por un rato y enfrentarse a lo de uno cada vez. Pues a mí me cuesta el saber que iré a morir muy pronto indefectiblemente, y de no producirse un milagro inesperado (pero esperado). Lin se sentó a mi lado, en verdad dejó caer su cuerpo. Me tomó de la mano e insistió en que mirara la huella de la muerte en una de mis manos mientras comentaba que todo termina sólo cuando ya no podemos contarlo.

Parte el tren lentamente hasta alcanzar su loca velocidad, y los caseríos en consonancia se pierden en el horizonte. Montañas y las interminables terrazas verdes de barro y tierra que, en complicidad con la humedad de rutina, esconden el arroz que, desde hace siglos, se ofrecerá después, generoso y como alimento. (El símbolo asiático, opuesto al de las hamburguesas esas de fábrica que dan vergüenza.) Allí, en esos bellos arrozales, como si se tratara de infinitas mesopotamias que gritan su independencia, encontraba su empeño el cuerpo de Stuart y compartían sus festivos en paz Awéi-lì-yà y él.

Disminuye ahora la máquina su ritmo, se desliza en las vías con la precisión imaginada, y antes de que puedan abrirse puertas, Lin me da un ligero beso en la mejilla y me dice que todo ha de ir bien conmigo, que deje a Holgazán sujeto a sus correrías y que me abande a mi destino. Se hace un silencio, la vida intenta seducirme nuevamente.

 

 

Elkmer Diktonius. Helsinki
“Niño en luz de estrellas”

 

Hay un niño,
un niño recién nacido -
un sonrosado niño recién nacido.


Y el niño gime -
todos los niños lo hacen.
Y la madre pone el niño al pecho:
entonces se calla.
Así hacen todos los hijos del hombre.


Y el tejado no está demasiado bien ajustado -
no todos los tejados lo están.
Y la estrella mete
su nariz de plata a través de la grieta
y se posa en la cabeza del pequeño:
a las estrellas les gustan los niños.

 

Y la madre mira la estrella
y comprende -
todas las madres comprenden.
Y aprieta asustada al niño pequeño
contra su pecho -
pero el niño mama tranquilo a la luz de las estrellas:
todos los niños maman a la luz de las estrellas.
Aún no sabe nada de la cruz:
ningún niño lo sabe.-

 

De: “Muelle y nubes” (1934)-

Traducción: Pentti Saaritsa-Mona Moltke-Francisco Uriz-Kirsti Bagetthun